Monday, September 10, 2007

 
...................................................Madison Weiss
Cambio



Paula disfrutó del sexo con un hombre. Estuvo casada 13 años y tuvo tres hijos, pero se aburrió de los golpes y los malos tratos. "Cuando besé a Camila me di cuenta que hace tiempo lo había dejado de amar", cuenta. Hoy se acuesta con una mujer y sus hijos tienen dos madres. Una tendencia que avanza silenciosa.

Paula, ¿qué harías si ahora te doy un beso?, me preguntó, y se echó a reír nerviosa. "Es broma", me dijo, pero se mantuvo pegada a mi cuerpo, recostada en la cama de dos plazas de mi pieza.
Nos tiramos sobre el cubrecama verde a ver un video de Erasure y yo sentía más tibia que nunca esa noche de octubre. Conocía a Camila de toda la vida. Fuimos compañeras desde séptimo básico en un colegio de monjas en Independencia. Siempre sentí que no le gustaban los hombres, pero su nerviosismo, sus ojos oscuros clavados en mi cuerpo, sus manos alargadas que vi tantas veces tocando guitarra y que ahora buscaban mi cuerpo, fueron una revelación. Sólo nos interrumpía la luz tenue de una lámpara sobre mi velador.
No la veía hace tiempo. Venía por mi casa como dos veces por año. Pero ese día se quedó toda la tarde. Tomamos once, después pisco sour, y nos instalamos a mirar la tele.
De repente me tomó la cara y me dio un beso corto, exacto. Mis ojos dejaron de ver las imágenes en la pantalla. Me derretí con ella y no pensé en nada más, salvo en esos dos segundos. Era la primera vez que me besaba una mujer y era la primera vez también que mi cuerpo respondía con deseo a unos labios delicados. "Esto era lo que yo necesitaba", pensé. Se sentía tan bien. Había sido dulce, sensible. Ni siquiera me acordé de mis tres hijos que dormían en la pieza contigua.
Después del primer beso se sucedió una decena más.
Mi respiración retomó la calma y mi lengua se congeló recién cuando ella se fue de la casa.
Sólo entonces pensé en qué iba a hacer. Cómo iba a seguir la historia. Mi cabeza no paraba de pensar en el día siguiente.
Tenía tres hijos a quienes ocultar lo que me pasaba, un marido a quien recibir con la cara llena de risa, como si nada. Trece años de matrimonio a cuestas. Y también un nuevo deseo: Camila.
GOLPES BAJOS
No recuerdo muy bien la primera vez que Carlos me pegó. Se hizo común. A veces me despertaba con un dolor tan fuerte en la cabeza que me recordaba los tirones de pelo de la noche anterior. Sentía la cabeza inflada. Una noche, cuando tenía siete meses de embarazo del segundo de mis tres hijos, llegó borracho a la casa. Con los ojos desorbitados, enajenado, enterró su codo en mi guata. Tenís que abortar porque esta guagua no es mía , me gritó en la cara. A mí me dolía cuando me decía eso porque nunca lo engañé.
A pesar de todo, yo a él lo amaba. Incluso me gustaba lo tibio e ignorante que era. Yo no, siempre he sido muy apasionada. Me gusta defender lo que pienso. Desde chica he sido igual. Por eso entré a estudiar Gobierno y Gestión Pública y Ciencias Políticas en la Universidad de Chile.
Siempre me gustaron los hombres; de hecho, todavía digo en voz alta cuando encuentro rico a un mino.
De Carlos me enamoré a los nueve años porque él era mi vecino. Empezamos a pololear cuando yo tenía 17 y a vivir con él a los 20, cuando me embaracé. Él tenía tres años más que yo y todo fue bueno hasta que yo entré a la "U" y empezaron las peleas, generalmente por sus celos y porque él se sentía inferior al lado de mis compañeros.
Finalmente congelé y nunca más volví a estudiar. Con él la historia fue un desastre: íbamos y volvíamos. Así nos pasamos 10 años.
Él es el papá de mis tres hijos y nunca nos llevábamos precisamente mal, aunque había muchas cosas que no me cuadraban en la vida. Mis hijos estaban primero, para él no. Jamás estudió con ellos ni fue a sus reuniones. Tampoco los protegía de su violencia; un día, mi hija mayor se cansó de los gritos, se puso a tiritar y se escondió bajo la cama. Nos costó sacarla de ahí y ella todavía habla de ese episodio.
Una vez, Carlos me pegó cuando estaba con una de mis hijas guagüita en brazos. A veces no teníamos pañales para los niños ni leche. Recuerdo una vez que ganó 80 lucas en las carreras de caballos y volvió sin ni una. Lo tuve que ir a buscar a una garita de Seguridad Ciudadana de Maipú y no se podía las piernas. Me descuidó y me dejó sola. Cuando llegaba borracho se echaba en el sofá y yo le tiraba baldes de agua fría en la cara para despertarlo. Yo también le pegué. Nos perdimos el respeto.
Cuando Camila me besó esa noche, me di cuenta que hace tiempo lo había dejado de amar.
EL FUTURO
Semanas después que nos dimos ese primer beso con Camila, Carlos se fue de la casa porque nuestra relación no daba para más. No echo de menos nada de él. Ni el sexo. Los hombres son más animales, la cosa es más de carne.
Aunque con mi marido nunca tuve queja porque teníamos una química tremenda, me siento mucho mejor con Camila. Cuando conocí a Carlos, él era virgen, ¡Ni siquiera sabía dónde estaba el clítoris!
Con ella es una cuestión de alma. Lo nuevo que he probado en términos sexuales es la cantidad de orgasmos: son múltiples. Con un hombre, él acaba y tienes que esperarte un rato si quieres tener otro, te cansas más. En cambio, con ella puedo seguir y seguir, es eterno. Mis amigas hetero me preguntan qué pasa cuando estoy ultracaliente y con ganas de que me lo metan. Y no poh, no es necesario. No hay un fin, tú sigues, sigues y sigues
Yo estaba súper botá, pero ahora el rollo con sentirme femenina es heavy. Desde que estoy con ella bajé mucho de peso porque a ella, lejos, le gustan las minas, bien minas, quizás por eso adelgacé, me corté el pelo y ahora estoy desesperada porque me miro al espejo y pienso que parezco niñito.
Con ella tengo diálogos más fluidos, no es básica para nada, me pongo celosa con ella porque su jefa se le tira y es una mujer mucho mayor que ella, de plata y con más experiencia. Me da miedo que se vaya. Porque cambié toda mi vida por ella. Yo estaba en el clóset con harta ropa, calentita. Si se va, me voy a quedar en pelotas. Fría.
Ahora nos queremos ir a vivir juntas. Y no hay vuelta atrás, yo no voy a volver a estar con un hombre, por ningún motivo. Me di cuenta que de que me estaba perdiendo algo muy, muy bueno".

Kena Lorenzini, psicóloga, máster en Psicología Clínica "UNA MUJER NO SE HACE LESBIANA POR LA VIOLENCIA DE UN HOMBRE"

¿Por qué una mujer heterosexual se casa, tiene hijos, se cansa de los hombres producto de la violencia que sufre y comienza una relación lésbica?
Lo que plantea esta pregunta habita muy fuera de la realidad, no es una razón sine qua non que porque una mujer sufra violencia por parte de su pareja se "haga" lesbiana. Si asumiéramos esa premisa, al menos una de cada cuatro mujeres en Chile, según los datos del Sernam, serían potenciales lesbianas.
Por otra parte, en lo personal no creo que una venga constitucionalmente determinada lesbiana, heterosexual o bisexual, etc., por lo que difícilmente me podría parecer extraordinario que una mujer se enamore de otra, a pesar de que nunca se haya planteado, pensado e incluso haber tenido fantasías sexuales acerca de una relación erótica con una mujer.
¿Existe en el mundo lésbico eso de aburrirse de los hombres y decidir probar con mujeres?
No sé si en materia sexual podemos aventurar muy fehacientemente que las mujeres se aburren de los hombres. Lo que sí parece es que las mujeres se aburren de la manera de ser de los hombres, de su poca adecuación a los cambios que hemos vivido, al no aceptar la independencia y querer mantener la hegemonía. Si esto no cambia para mujeres que hoy están en otros procesos, y que por tanto se sienten más creativas y lúdicas con mujeres, esto las puede llevar a considerar la posibilidad de estar con una mujer.
Sin tomar la sexualidad entre mujeres como relaciones suaves y angelicales, porque también en ellas la pasión existe, es bien probable que haya una mayor preocupación por la otra, una suerte de espejo en que se comparten inquietudes, en que el contenido emocional, la mayor de las veces, está muy presente. Fuente: La Nación
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