Tuesday, February 03, 2009

 

Francis Bacon

El Museo del Prado cuelga de sus paredes las “desgarradoras” obras del artista irlandés.

Francis Bacon murió en la clínica Ruber de Madrid el 28 abril de 1992. Tenía 82 años. Viajó a la capital para ver a su amante. Su médico se lo desaconsejó. Desobediente –como siempre- falleció de un infarto. “Si se piensa que mis obras son violentas es que no se ha pensado previamente en la vida”, manifestó en una entrevista. “Nunca consigo ser tan violento como lo que me rodea”. Cuando Margaret Thatcher vio lo que pintaba, sentenció: “Son asquerosos trozos de carne”. Uno de esos ‘asquerosos’ despojos se vendió el año pasado por 33,6 millones de euros. El Museo del Prado abrió una retrospectiva con 78 obras del genial artista irlandés, una muestra que ya ha pasado por la Tate de Londres y que conmemora el centenario de uno de los pintores “más poderosos del siglo XX”, según recordó Chris Stephens, de la Tate. Tras su paso por Madrid (hasta el 19 de abril), la muestra concluirá su periplo en el Metopolitan de Nueva York. Entre las obras expuestas figuran 16 de los trípticos más importantes realizados en su carrera, además de material documental procedente de su taller. Este atormentado artista iba mucho al Prado. Allí fagocitaba las obras que le conmovían para convertirlas en “algo comestible”. De esta digestión nacieron sus esplendidas variaciones sobre el ‘Retrato del Papa Inocencio X’, de Velázquez, y algunas de las impactantes crucifixiones. Su amante George Dyer también le sirvió de modelo. En el Prado se pueden contemplar ‘Tres estudios para un retrato de George Dyer’, ‘Retrato de George Dyer en bicicleta’ y ‘Estudio de George Dyer en un espejo”, entre otras creaciones. “A su amante le ve como un hombre frágil y, en el fondo, patético”, dijo la comisaria de la muestra, Manuela Mena.
Desamparo
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Los críticos asocian a Bacon con la brutalidad y con una sensualidad monstruosa y lacerante. Mena discrepa. “Su pintura es violenta, nadie lo discute, pero también está teñida de desvalimiento, nostalgia y desamparo”. La comisaria recordó los días en que le acompañó por las salas solitarias del Prado. “Quedábamos los lunes, cuando el museo estaba cerrado. Una vez llegó con un joven muy guapo y bien vestido. Él tenía unos ojos chispeantes, llenos de calor y de vida. Sus dos pasiones eran Velázquez y Goya. Más que mirar los cuadros, los penetraba”. Mena deslindó la persona de la obra. “Sus cuadros muestran un interior atormentado, pero viviendo era un hombre optimista que gustaba disfrutar del día a día”. La exposición abarca desde las obras más tempranas del artista –hacia 1946-1949- hasta los años finales. Se estructura en varios capítulos que ordenan sus obsesiones y ofrecen una visión de su ideario artístico y filosófico.
Bajo denominaciones como ‘Animalidad’, Aprensiones’, ‘Crucifixión’, ‘Crisis’, ‘Retrato’ o ‘Épica’, las secciones aglutinan algunos de sus códigos más profundos y angustiosos. Sus temas recurrentes –como el paso del tiempo, la muerte, el sexo, la violencia, la amistad o la soledad- también revelan “es calidad pictórica y esa maestría en la ejecución tan difícil de conseguir”, observó Mena. Cuando su padre se enteró de que era homosexual (le pilló vestido con ropas de mujer) le maltrató de palabra. A los 17 años le envió a Berlín con un tío que se dedicaba a la criar caballos. Un buen día el tío le violó. “Ahí comenzaron todas su pesadillas”, dijo la comisaria. Furia, pasión, deseo, pánico, un Bacon que “lo que toca lo destruya, igual que el hombre del siglo X”, escribió el filósofo francés Gilles Deleuze. Bacon rechazó todos los honores. No quiso ser ni ‘lord’ ni ‘sir’. Sólo quería observar a sus semejantes y pintarlos. “Cuando pinto me siento un ser humano”, decía. Fuente: Colpisa Lea también : El Mundo
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