Saturday, December 03, 2005

 

Tamara de Lempicka: Arte, sexo y cocaína


Higino Polo

Tamara de Lempicka había sido una pintora célebre en la Europa de los años treinta, al menos en los círculos de la nobleza declinante y de la burguesía rica, que disputaban para ser retratados por ella, y, después, cayó en el olvido: con la Segunda Guerra Mundial su estrella artística empieza a declinar, hasta desaparecer, aunque intentase aún jugar con la abstracción, como lo hizo también con el surrealismo. Tamara, convertida ya en baronesa, vive la guerra y la posguerra lejos de la Europa que la vio triunfar, ejerciendo en los Estados Unidos la función de dama del gran mundo que veía crecer las ruinas de su belleza, sin poder hacer nada por evitarlo. En 1972, siendo ya una anciana venerable, más de treinta años después de su marcha a Estados Unidos, una exposición de sus obras en París —semejante a la que, en este verano de 2004, ha organizado la Royal Academy of Arts, de Londres— la hizo de nuevo famosa, rescatándola del olvido, como si fuera un espectro que surgía de los locos años veinte, de la Europa de entreguerras marcada por la depresión pero también por el cabaret y el gusto por la vida, y que recuperaba con ella la dulzura de los sentidos y la sensualidad y el erotismo de un arte que parecía ser moderno, aunque fuese, ya en el momento de su creación, completamente arcaico.

Yo relacionaba a Tamara de Lempicka, arbitrariamente, con La piel de zapa y con Balzac, por su condición de polaca y rusa, como la condesa Hanska, y por la orgía que el escritor francés nos relata en esa novela. Guardo un disparate mayor: escondida en mi memoria estaba una escena imaginada: la de Isadora Duncan —que se había casado con Esenin, separado después, y que supo del suicidio del poeta en Leningrado, en 1925—, muerta en la Costa Azul francesa, en 1927, estrangulada por el pañuelo que llevaba, mientras circulaba en automóvil. Relacionaba esa escena con el Autorretrato de Tamara conduciendo el famoso Bugatti verde, en 1925, como si ambas fueran la misma persona, poniendo a Duncan el rostro de Tamara, con los ojos semicerrados, sentada al volante, tal vez por la relevancia de un coche en sus vidas, o por su relación con la vieja Petrogrado, el Leningrado de la revolución. Lea Más


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