Tuesday, January 31, 2006

 
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Hay un momento, en todos los procesos que incluyen la manufactura de un film, en que me desmorono y pienso que la película se me ha ido de las manos de un modo irrecuperable. Me ocurre cuando escribo, durante el rodaje (en el montaje tengo más de un momento de crisis), y por supuesto cuando la película está lista y aún no la ha visto nadie, en ese momento me cago las patas abajo.

Hace falta tener una relación muy estrecha con lo que ruedas para que las crisis sean pasajeras. Yo ya las conozco, las he vivido en cada una de mis quince películas anteriores. Siempre. Como ocurre con las pasiones (y para mí hacer cine es simplemente una pasión) las crisis se evaporan cuando uno ama irracionalmente lo que hace. (No tiene que ver con que las películas después sean buenas o malas, con que las crisis estén o no justificadas, en muchas ocasiones las crisis están provocadas por problemas muy concretos. Me refiero a las crisis que aparecen sin motivo aparente y que a pesar da ello te hunden en un mar de confusión).

Ahora vivo uno de esos momentos, siento (y a veces tengo la convicción) de que todo lo que hago es un error, incluido este “caro” diario. Por experiencia sé que sólo puedo huir hacia delante y vigilar estrechamente cada movimiento, cada encuadre, cada frase, cada pausa, cada lágrima y cada chiste. No debería hablar de esto. La soledad del director es sagrada, y el primero en respetarla debería ser el propio director y no compartirla como yo estoy haciendo ahora.

Pedro Almodóvar

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