Thursday, October 26, 2006

 
Cómo la homosexualidad arruina las carreras políticas

Dos grandes películas muestran cómo la hipocresía en torno a la homosexualidad arruina carreras políticas. Fueron hechas hace 50 años, pero no hemos aprendido nada. Quizás esto sea porque los adultos políticos que habitan ambas películas escasean en la política actual.
Ser espectador de la política en Washington en el último mes ha sido como estar atrapado dentro de una obra de Tennessee Williams; una que, al igual que “De repente”, “El último verano” o “La gata sobre el tejado caliente”, tiene como su motor narrativo el terrible secreto de la homosexualidad reprimida que tarde o temprano debe, para usar una expresión lamentable, salir del closet.
Uno cree que la trama gira en torno Irak o la cultura de corrupción o la incompetente respuesta a Katrina, cuando de repente, resulta que los republicanos perderán el control del Congreso que Newt Gingrich consiguió en 1994 no como consecuencia de sus verdaderos y cuantificables pecados, sino porque a un representante electo de poca importancia se le ocurrió toquetear a jóvenes becarios del Congreso.
No es nada nuevo afirmar que existe una subcultura homosexual profundamente enclaustrada y autodestructiva e incluso homófoba dentro de los mandos superiores del Partido Republicano (aunque acosar a adolescentes parece ser una nueva actividad). El escándalo de Mark Foley me recuerda al primer best seller bona fide de Washington DC, “Advise and consent”, de Allen Drury, publicado en 1957 y convertido en una gran película por Otto Preminger en 1962.
La novela se transformó en una de las inspiraciones del joven Gingrich. Éste robó sus tácticas políticas más despreciables a uno de los personajes de la novela, el senador Van Ackerman, adicto al chantaje e inequívoco boludo macarthista. El mismo Gingrich fue derrotado como presidente de la Cámara de Representantes debido a su incapacidad, al igual que Van Ackerman, de percatarse que extralimitarse y actuar con indiscreción son recursos brutales y no fines políticos viables. Debió de haber estudiado a Allen Drury con mucho más cuidado.
La película de Preminger es una excelente representación de un complicado best seller. Se trata de la lucha por la nominación del candidato del Presidente a secretario de Estado (Henry Fonda) a pesar de la enérgica oposición del legislador del sur, Seeb Cooley, interpretado a todo dar por un campante y radiante Charles Laughton.
Según Cooley, en el pasado Leffingwell fue un comunista clandestino, acusación que resulta ser verídica. No obstante, la nominación parece segura hasta que Brigham Anderson (Don Murray), el carismático y decente presidente del comité, aplaza las audiencias. Esto lo deja expuesto al chantaje efectuado por Van Ackerman en torno a una relación homosexual que tuvo lugar durante la guerra.El punto culminante se da cuando Anderson logra encontrar al delincuente que lo ha delatado, siguiéndolo a un bar gay clandestino (la primera vez que aparece uno en una película estadounidense). Posteriormente, Anderson se suicida, el recurso en última instancia favorito de los homosexuales hasta los años setenta.
El melodrama político de Gore Vidal, “The best man”, producido en 1964, ofrece un argumento parecido.
En esta ocasión, Henry Fonda y Cliff Robertson se pelean por la candidatura presidencial en la convención de su partido. El pensante liberal al estilo Adlai Stevenson que interpreta Fonda tiene problemas respecto de sus hábitos mujeriegos (algo así como Nelson Rockefeller), pero su rival macarthista, Cliff Robertson (una mezcla de Nixon y Bob Kennedy, y portador del espléndido nombre de Cantwell), tiene culebras gay en su clóset desde sus días en el ejército. Ambas películas terminan con carreras destrozadas por la homosexualidad, o, mejor dicho, por la hipocresía en torno a la homosexualidad. Casi 50 años después, no hemos aprendido nada.
Quizás esto sea porque los adultos políticos que habitan ambas películas escasean en la política actual. Es fácil encontrar ejemplos actuales de las ratas, maleantes, aprovechadores, chantajistas y canallas de Drury en el Congreso actual (e igual número en el Parlamento de Westminster en Londres), pero al parecer no existen contrapartes modernas para los personajes de Fonda, el tipo confiable, benevolente al estilo Walter Pidgeon, o los presidentes inquebrantables interpretados por las viejas estrellas de los años veinte y treinta tales como Lee Tracy y Franchot Tone. En lugar de éstos, nos vemos gobernados por políticos que han adoptado los viciosos métodos de Cantwell y Van Ackerman, y de su fiel adulador Gingrich. No obstante, es gratificante ver que el melodrama de mitad de período de 2006 podría haber sido la obra de Drury y Vidal mismos, y promete una satisfactoria conclusión en la cual todos los mojones se escurren por la taza del water.

John Patterson -lanacion.cl
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