Saturday, March 17, 2007

 
Realizan la primera boda gay en México D.F.

La unión queda avalada por la Ley de Sociedades de Convivencia


— Antonio Medina y su pareja, Jorge Cerpa, bajan de su camioneta voyager en el estacionamiento de la delegación Iztapalapa, en el Distrito Federal, vestidos de negro, sudando y mirando en todas direcciones: sus gestos semejan los de guardaespaldas inspeccionando una zona de peligro; sólo que Medina y Cerpa llegaron a su boda, la primera unión gay en la capital del país.
— ¿Cómo se sienten, queridos?, pregunta Alejandra Parra, una funcionaria del gobierno local que fue a su encuentro.
— Ay… él está todo tenso, míralo, responde Jorge .
Entonces saca la mano del bolsillo para señalar a su novio, a quien conoció hace cuatro años y tres meses.
—Tranquilos… vengan por acá.
Antonio, de 38 años, y Jorge, de 32, siguen a Alejandra dando zancadas. Tienen prisa de que comience el evento, en el que todos echaron la casa por la ventana.
Desde una semana antes, la delegación organizaba concursos de bandas de rock para premiar a la mejor canción que concientizará a la gente de la importancia de tolerar y entender la Ley de Sociedades de Convivencia, aprobada por el Legislativo local en noviembre de 2006, antes que Coahuila, estado donde fue la primera unión gay, pero los trámites burocráticos atrasaron el hecho en la capital.
De todos modos, por si acaso grupos conservadores se alebrestan, el evento es resguardado por 300 policías y unos 600 administrativos del gobierno local que impiden el paso a extraños en los pasillos de la delegación donde será la boda, pero se quitan del camino para abrir paso a los novios, motivo de alboroto de cámaras, relampagueo de luces y grabadoras del centenar de reporteros que quieren verlos.
Pero falta media hora para eso. Y ellos se han refugiado en las oficinas del delegado, ubicada en un segundo piso y desde donde observan el movimiento en la placeta, donde será la boda. La voz melódica de la cantante Sarah Brickman, que ambienta el lugar, se cuela por los entrepaños de la ventana. Antonio y Jorge miran hacia abajo.
—¡Somos la nota!, comenta Jorge acerca de los medios de comunicación. Y se frota sus manos morenas y se las lleva a la cara; hace una mueca y se toca el cabello.
—Estoy nervioso. ¡Ay, qué nervios!
Antonio lo mira y no dice nada. Dobla y desdobla unas hojas en las que escribió su discurso. Lo hizo por la mañana, a contrarreloj, porque el que había preparado durante años desapareció de sus archivos. Así, sin más, ya no lo encontró y eso lo puso de mal humor, ya no desayunó y Jorge tampoco pudo: ver a su pareja estresado lo desequilibra y eso que tienen un año y medio viviendo juntos.
Su relación inició cuando se encontraron en un bar, en donde se dieron su primer beso, bebieron tequila y luego se fueron a un hotel en donde permanecieron encerrados durante una semana, "sin saber del mundo". Y desde entonces no pueden separarse. Llevan sus vidas en total sincronía.
Y quieren que en su boda nada falle. Por eso han pedido al delegado, a los testigos —la escritora y dramaturga Sabina Berman y Emilio Álvarez Icaza, presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal— y a la jurídica que los unirá en sociedad de convivencia ensayar sus intervenciones.
Todos acceden y se sientan en una mesa redonda. La jurídica lee pausado: "Expresando su voluntad se les solicita formalizar su consentimiento a esta unión…"
Jorge dice "sí".
"No, no" —se ríen todos— "todavía no conteste, tiene tiempo para pensarlo".
Antonio también hace su repaso: "…quienes formamos parte de la comunidad lésbico gay estamos orgullosos que una demanda de nuestro sector también beneficie a otros sectores discriminados…"
—¿Nos vamos, señores?, interrumpe Alejandra, quien lleva la batuta en la organización del evento.
Ya es la 1:30 p.m., hora programada para estampar la firma que les dará derechos y obligaciones: aún no tienen permitido adoptar niños. Pero sí pueden sostener económicamente un hogar; tener la tutela, es decir, que si alguno se enferma, el conviviente podrá decidir qué hacer con el paciente; a los derechos sucesorios: si uno muere, su pareja se beneficiará del patrimonio.
Es su lucha. Sobre todo la de Antonio, quien ha dedicado más de la mitad de su vida a ser un activista incesante por las sociedades de convivencia. Es fundador de la agencia NotiEse, que se encarga de difundir información de la comunidad lésbico gay. Jorge, por su parte, sólo ha asumido su sexualidad "con dignidad".
Así que no hay tiempo que esperar. Salen a la placeta, caminando nuevamente a zancadas. Miran las cámaras de televisión de frente. Entonces se dan la mano. En cinco minutos cumplirán su sueño de ser aceptados como pareja ante la ley.
Se abren paso entre los 400 invitados, entre los que destaca una familia de 24 miembros que ha venido a apoyar el enlace: es el clan de Antonio, pero falta el patriarca. Curiosamente, por parte de Jorge, sólo estaba su padre.
—¿Dónde está tu papá?, se le pregunta a Enrique, hermano de Antonio. "Ya sabes… es conservador", dice y se encoge de hombros.
El resto de la familia está feliz. Incluso han venido media docena de sobrinos de entre 8 y 10 años.
"No, no están chicos para entenderlo. Es su tío, un gran hombre, y les hemos explicado que es gay y se va a casar y están emocionados", aclara Ruth, otra de las 10 hermanas de Antonio: es una nueva generación que crecerá sin tabúes.
"Beso, beso, beso", grita la concurrencia. La madre de Antonio, Margarita Trejo, estira el cuello, se para de puntitas. No alcanza a ver. Da unos pasos adelante, otros para atrás. No hay forma. ¡Caramba! El resto de sus hijos se harta de la situación. Pierden la compostura y se suben en las sillas para ver la consumación de la unión.
— ¡Aquí está la mamá!, grita Enrique. Y agita la bandera gay, la de los siete colores, la sexualidad que eligió su hermano.
La atención ha caído en Margarita, quien lleva un vestido negro y beige y se ha perfumado con Chanel para el evento civil y el festín que habrá por la noche. Sonríe.
"Sí, es mi hijo", dice.
Por Gardenia Mendoza Aguilar en : La Opinión Digital
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