Monday, June 02, 2008

 
¿No nos ven o no nos vemos?

Somos el eclipse del sol de la sociedad estatuida. O dicho en palabras políticamente no correctas: una almorrana indeseable en el gordo trasero de los “normales”. Lesbianas. Clandestinas, combativas, amazonas irreverentes, intrigantes y esencialmente peligrosas para los hombres - y sus féminas anexas - que nos han definido, clasificado y expulsado de su indeseado paraíso desde que este estúpido mundo es mundo estúpido, condenadas al destierro más vil y humillante, al País de las No Personas.
Objeto de deseo propio y ajeno (¡Salud, Safo!) censuradas, omitidas, demonizadas, virus en los microscopios – hola, Freud, soy una perversa, un hombre sin palito, apúntame en tu lista junto a zoófilos, fetichistas, coprófagos y demás morbosos de toda calaña -, ensalzadas por minorías románticas y combatidas con toda suerte de armas de destrucción masiva.
No han podido con nosotras. Más nos perseguían, más nos crecíamos. Sin existencia oficial, apátridas de cualquier patria, incorpóreas e irreales, recitábamos poemas a la Virreina de México, como Sor Juana Inés de la Cruz allá por el mil setecientos. A Laura amada:
“Así cuando yo mía te llamo/no pretendo que juzguen que eres mía/ sino sólo que yo ser tuya quiero”. A Sor Juana sus anhelos no le valieron la hoguera sino el título de “Mi muy querida Virreina”.
Sabia, Laura. Y el Virrey en Babia. Frotadoras, tribadistas, infectas, marginadas, malditas, despreciables… “¿No quieren vernos? ¡Pues que miren hacia otro lado!” – debieron pensar las lesbianas de Boston cuando en el siglo XIX instauraron el “matrimonio bostoniano”, una encubierta unión monógama entre mujeres similar a las nupcias tan caras a los Popes de todas las iglesias.
De estos lados, venimos. La frente alta, estrategas, el corazón dolido aunque entero, certeras como una lanza valkiria, apaleadas, pero empedernidas. Invisibles a las pupilas enjuiciadoras y tan ciegas como la Justicia, pero con las alforjas a rebozar de músicas, cicatrices, poemas, pérdidas y dádivas, danzas, deudas y ofrendas.
Ahora que las lesbianas occidentales comenzamos a colectar la cosecha sembrada a fuerza de azote, fuego y mordaza, ahora que hemos arrancado a los Señores del Poder algunas concesiones bajo el dudoso marchamo de la normalización, un buen número de lesbianas se dejan en el monte las flechas, el labris, la Triple Diosa, las biografías, las heroínas, las víctimas, la dignidad y la memoria.
Porque sin exigir el debido respeto a nuestra genuina índole transgresora, prefieren diluirse como el azúcar en el gran café con leche de una sociedad aborregada, hipócrita, consumista y despiadada, caminando de puntillas como quien pide disculpas, una más entre millones, adaptada, descafeinada, homogeneizada, desapercibida e… invisible. Pensando como ellos, actuando como ellos, comportándose como ellos, vistiendo, sintiendo y moviéndose a su imagen y semejanza. Fantasmas camufladas de buenas burguesas para que no se disparen las alarmas del rechazo frontal.
No pido revanchas, no. Se trata de la almorrana en el gordo trasero de la Humanidad. Si les escuece, se siente. No se nos ha concedido graciosamente la existencia física y legal: se la estamos arrebatando en buena lid. ¿Qué absoluciones suplicamos, pues, por haber sido y seguir siendo mujeres de una esencia y sustancia distintas y por lógica distante? ¿Por qué ser como ellos, si ellos no son como nosotras?
¿Olvido? ¿Perdón? Ni lo uno ni lo otro: queremos ser visibles. Pero con nuestras pupilas, no con los suyas, de sobra conocemos su mirada. Somos mujeres, lesbianas, sus desiguales, altivas herederas de un largo, cruento e imperdonable combate donde nos dejamos la piel a tiras. Pero, y más importante aún, somos las secretas guardianas del más grande placer humano: ser Otras. Espejos asimétricos, reflejos con identidad propia, matadas y renacidas una y mil veces. Otras y nuestras, no suyas. ¿No nos ven o no nos vemos? Premio para quien responda primero.

Por Susana Guzner en RS
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