Sunday, December 21, 2008

 
El lío de otro mito

Otro día ha pasado. Amor mío, si me ves en público, ¿he de olvidarme de que hay otros reporteros a nuestro alrededor o lograré guardar las formas? Querré abrazarte hasta el final. No puedo esperar más», reza el intenso final de la carta de amor escrita sobre un descolorido folio con membrete de la Casa Blanca.
La apasionada despedida no es parte de la correspondencia del actual inquilino de la mansión presidencial estadounidense. Tampoco de ninguno de otros tantos adúlteros ocupantes del despacho oval. La misiva es una de las más de 3.500 cartas que sellan una de las relaciones sentimentales más fascinantes de la historia del Gobierno de EEUU, la de la primera dama Eleanor Roosevelt con Lorena Hickok.
La intimidad de ambas mujeres ha sido destapada para el público en un libro que acaba aparecer, Empty Without You -Vacía sin ti-, en el que se recopila parte de la numerosa correspondencia entre ambas.
Descubiertas en 1978, 16 años después de la muerte de la carismática mujer del presidente Franklin Delano Roosevelt, las cartas desataron en su día una fuerte controversia sobre la supuesta homosexualidad de Eleanor.
El libro es recopilación del periodista Rodger Streitmatter y no deja lugar a dudas sobre el carácter carnal de una relación que cambió el papel y la función del puesto de la primera dama en EEUU. Eleanor Roosevelt, fallecida en 1963, ha sido un modelo para sus sucesoras.
Hasta su llegada a la Casa Blanca, en 1933, la esposa del mandatario no tenía un papel definido. Con sus preocupaciones sociales, Roosevelt abrió el camino para que las futuras cónyuges expresaran sus propias opiniones.
No es de extrañar incluso que para Hillary Rodham Clinton, la primera dama con mayor personalidad que ha residido en la mansión presidencial, Roosevelt fuese su inspiración. En 1996, la mujer de presidente Clinton reconoció que realizaba sesiones espirituales en las que mantenía imaginarias conversaciones con Eleanor Roosevelt. [La prensa sensacionalista norteamericana también ha especulado con supuestas relaciones homosexuales de Hillary].
La periodista Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt se conocieron a finales de los años veinte, cuando ambas superaban los cuarenta años de edad. Roosevelt era la aristócrata norteamericana por excelencia.
Nacida en una familia patricia, directa descendiente de los padres de la patria americanos, estaba destinada desde joven a casarse con su primo Franklin.
Lorena era una reportera nata con aspiraciones de escritora de ficción. Se había iniciado en el periodismo en el Medio Oeste, donde mantuvo su primera relación homosexual con una joven heredera. Tras la ruptura con ésta, se desplazó a Nueva York.
Para entonces, Roosevelt ya hacía tiempo que había perdido la fe en su matrimonio y su relación con Franklin tenía las bases de un acuerdo político. Si la pareja se rompía, se derrumbarían también las aspiraciones presidenciales del gobernador de Nueva York.
Antes de contraer la polio, Franklin había mantenido un largo affaire con su secretaria. El descubrimiento de esta infidelidad enterró para siempre la relación de pareja.
A finales de los 20, Eleanor no se resignaba a la provinciana vida social de Albany, la capital del Estado Nueva York, donde Franklin ejercía como gobernador. Bajaba regularmente a la ciudad para impartir clases, y comenzó a rodearse de un círculo de mujeres intelectuales y feministas, algunas de ellas lesbianas.

Libertad sexual

Eleanor, saltándose los convencionalismos sociales, creía firmemente en la libertad sexual. «Ninguna forma de amor debe ser menospreciada», recoge su diario. Lorena, una de las pioneras femeninas en la agencia de información AP, comenzó a interesarse por Eleanor durante el inicio de la campaña presidencial. Lo que empezó como un trabajo de cobertura periodística terminó en una estrecha relación, con numerosos encuentros, almuerzos, cenas y escapadas de fin de semana. Los primeros años fueron sin duda los más intensos.
Los lazos especiales entre ambas no tardaron en suscitar rumores, pero nunca llegaron a modificar sus hábitos. La periodista era una invitada habitual en la mansión presidencial, donde pasaba largas horas con su amante. «¡Cómo me alegro de que seas una mujer», le escribía para primera dama a finales de 1933.
La primera dama estaba convencida de que su secreto no acabaría descubierto, como estaba sucediendo con el affaire extramatrimonial de su hija Anne. Desde 1936, comenzó incluso a recuperar las cartas más delicadas por temor a su difusión. Desde esa fecha hasta su muerte, destruyó y quemó cientos de cartas con los detalles más evidentes sobre sus lazos carnales.
Lorena Hickok se encargó de que Eleanor no se desvaneciese en la sombra de su marido. Durante los primeros años de la presidencia, se fue transformando en amante y consejera de prensa, sacrificando su propia carrera como periodista independiente. «Trabajaba entre bastidores para que Eleanor tomase las decisiones que luego revolucionaron la relación entre la primera dama y el público», asegura el autor de la recopilación epistolar.
Fue la periodista quien convenció a la esposa de Roosevelt para iniciar ruedas de prensa semanales. Los más de 340 encuentros con los medios de comunicación transformaron a Eleanor en la portavoz de los necesitados y las clases desfavorecidas del país. Su voz se hizo fuerte en las decisiones del Gabinete, transformándose en una vicepresidenta de facto.
El mismo presidente propició la creciente influencia de la periodista sobre su esposa. «Vigílala, es verdaderamente inteligente». Su esposa agradecía a Lorena por su transformación política. «Créeme, me has enseñado más y significas más de lo que tú piensas», le escribía la primera dama durante la Navidad de 1933. «Me has hecho crecer como persona, por el sólo hecho de ser merecedora de ti: Je t'aime, je t'adore, le repite al año siguiente. Lorena, en cambio, no se beneficiaba con fuentes privilegiadas.
La víspera de la inauguración del mandato del presidente, ambas pasaron juntas sus últimas noches de intimidad en el Mayflower. Aquel día, Roosevelt diseñó su plan para sacar a EEUU de la Gran Depresión.
Eleanor leyó el proyecto del New Deal a su amiga antes de la ceremonia. «Tenía ante mí la mayor historia periodística. Habría sido la mayor exclusiva de mi carrera profesional», escribió en sus memorias.
Consciente de los sacrificios personales, Eleanor logró un puesto para Lorena en un programa de supervisión de la ayuda social. Este puesto le permitía cierta libertad de movimientos para visitarla. Las entradas y salidas de Lorena acabaron convirtiéndola en protagonista de las páginas de la prensa.
Para entonces, las quejas de Lorena dejaron de ser escuchadas por la primera dama. Eleanor se volcaba en sus compromisos y parecía olvidar a la persona más querida.
El tono de las cartas se enfría durante la segunda mitad de los 30. Lorena se muestra enfadada por la imposibilidad de no compartir más tiempo con ella. «Querida, sé que no estoy tan disponible para ti, pero te sigo queriendo», le responde. Pese a todo, lograron mantener la correspondencia durante 30 años. Tres décadas en las que ambas continuaron autoinculpándose por el distanciamiento. «Nunca quise hacerte daño, aunque no tengo excusas», le dice en cierto momento Eleanor. «Mi problema, sospecho -responde Lorena Hickok- fue interesarme más en la persona que en el personaje. Aún hoy en día prefiero a la persona».

Fuente: El Mundo
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