Sunday, June 28, 2009

 
Del armario al escaparate

Hace cuarenta años, los clientes del Stonewall Inn decidieron que no más, que estaban hartos de las frecuentes redadas policiales contra su club, punto de reunión de los homosexuales neoyorquinos, y se enfrentaron a los agentes que pretendían arrestarlos. La revuelta de aquel 8 de junio en la calle Christopher constituyó un punto y aparte en la lucha del colectivo LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales)
a favor de sus derechos y dio lugar al Día Internacional del Orgullo, una cita lúdica y reivindicativa para este colectivo. Su visibilidad ha ido en aumento a lo largo de los últimos tiempos y, a ese respecto, España está considerado uno de los países privilegiados por la consecución de derechos y la correspondiente manifestación madrileña supone todo un hito por su capacidad de convocatoria.
Esa mayor presencia pública y cultural de la minoría gay, lesbiana o transexual, también ha llegado a los escaparates de las librerías. No solamente porque en nuestro país abundan los títulos que abordan esta temática, sino porque, como ha ocurrido en otros ámbitos culturales, caso del medio audiovisual, incluso han surgido editoriales especializadas que, con periodicidad, alimentan el mercado. Es el caso de Egales, creada hace dieciséis años, o de Odisea Editorial, responsables de la publicación de numerosos títulos de narrativa, ensayo y cómic.
Curiosamente, la realidad contrasta con cierto debate ontológico. ¿Existe la literatura homosexual o es un reduccionismo que simplifica o puede condicionar la real aportación de una obra y el relieve de un autor? ¿Hablamos de la narrativa escrita por gays o el término, simplemente, engloba toda creación que aborde esta cuestión? A juicio del escritor Lawrence Schimel, «lo más importante es, quizás, matizar entre cuestiones editoriales y cuestiones de texto, los dos tienen un impacto sobre lo que se considera o no literatura gay», y proporcionan razones para que una obra o autor adquiera esa condición.
El autor norteamericano radicado en Madrid también cree que hay que desmitificar lo que, a su juicio, se podría llamar la literatura heterosexual «que por defecto para mucha gente es equivalente a la Literatura con mayúscula, cuando una obra no está necesariamente mejor o peor escrita simplemente porque tenga personajes o temáticas de la corriente erótica dominante».
Tras estas puntualizaciones, confiesa asumir plenamente la definición. «Creo que sí existe una literatura gay y, además, creo que es importante que exista», defiende. «Los homosexuales tenemos todo el derecho a ver nuestras vidas y asuntos reflejados en la cultura y sin pasar por el filtro del ojo heterosexual, que es lo que ocurre muchas veces con libros con personajes homosexuales que están publicados en editoriales grandes». A su juicio, quienes deciden la edición son contables, «para quienes una obra literaria como las novelas de Jean Genet o una novela rosa gay es lo mismo: libros para maricas».
Schimel se define como escritor gay, entre otras muchas etiquetas que también asume, y arguye que desde esta concreción llega a un público más amplio. «Yo creo que en vez de intentar hacerlo potable para todos los públicos, siendo fiel al público gay, escribiendo desde mi punto de vista de tío gay hablando entre nosotros con y para otros gays, porque lo hace más universal », defiende y también sugiere los nombres del norteamericano Paul Russell y el australiano Neal Drinnan como dos colegas que, en su opinión, reflejan muy bien ciertos modos de vida de esta comunidad.
El intento de proporcionar una panorámica completa del fenómeno creativo resulta un intento vano, y sobre todo injusto, si pretende ser exhaustivo, aunque sí cabe mencionar varias obras que establecen precisas coordenadas sobre sus características y recopilan numerosos nombres y títulos de interés. ‘El amor de los muchachos’ del sociólogo Adrián Melo se remonta a la Antigüedad, parte de la oposición religiosa y política contra el denominado ‘pecado contra natura’ y desemboca en la etapa contemporánea. Dentro del ámbito del ensayo resulta un clásico imprescindible ‘Cristianismo. Tolerancia sexual y homosexualidad’ de John Boswell, un análisis de la evolución del pensamiento de la Iglesia al respecto.
En el campo de la narrativa contemporánea, ‘Historia de la literatura gay’ de Gregory Woods constituye una valiosa aproximación, aunque su punto de vista privilegie la aportación anglosajona. También hay que reconocer que la narrativa en lengua inglesa consolida un discurso paralelo a la evolución social de la homosexualidad y un puñado de títulos puede jalonar los cambios experimentados a lo largo del último siglo.
La creación y, sobre todo, la torturada vida de Oscar Wilde suponen un punto de inflexión porque ejemplifican con crudeza la persecución y la ruina social como consecuencias habituales del descubrimiento de una vida ajena a la corriente mayoritaria en los tiempos victorianos. E.M. Forster. en ‘Maurice’, ya toda una manida referencia, establece los términos reales de la situación a principios del siglo XX, cuando la coherencia personal se enfrentaba a la represión del sistema, pero también a la censura moral y las diferencias clasistas.
La novela está basada en un hecho real, la relación entre el escritor Edward Carpenter y George Merrill, un obrero con el que convivió en una época en la que tamaña osadía generaba hostilidad y rechazo. Esta obra y la colección de cuentos ‘La vida futura’ se publicaron tras la muerte de Forster, amigo de otros autores gays como W. H. Auden o Christopher Isherwood, en el fecundo período de Entreguerras. Este último describió la escena nocturna de la capital alemana previa a la ascensión del nazismo, divertida, licenciosa y abierta a la diferencia sexual, en ‘Adiós a Berlín’ y que llegaría a la gran pantalla convertido en ‘Cabaret’.
La Segunda Guerra Mundial acabó con muchos espacios de libertad, pero también sirvió para ambientar relatos de amor entre soldados, como ‘El auriga’, deMary Renault, una escritora más conocida por sus recreaciones de la corte de AlejandroMagno. En los años cincuenta, en el París existencialista de Jean Paul Sartre y Boris Vian se sitúa la acción de ‘La habitación de Giovanni’, del norteamericano James Baldwin, activista de los derechos humanos tanto a favor de la minoría negra en su país como del colectivo homosexual. La historia relata la progresiva asunción de la condición sexual por un joven y es ya todo un pequeño clásico del género.
La aportación francesa también es memorable, con obras que desvelan diversas facetas de un fenómeno a menudo trivializado o excesivamente simplificado. André Gide, amigo de Oscar Wilde, publicó ‘Corydon’ en 1910. Se trata de una colección de ensayos a favor de una visión normalizada de la homosexualidad que suscitó la polémica en su tiempo.
Nada comparable a la repercusión del trabajo y la peculiar manera de entender el sexo de Roger Peyrefitte porque el autor de ‘Las amistades particulares’, la historia de amor de dos adolescentes en un internado, siempre manifestó un encendido elogio de la pederastia. Su relación con un menor inspiró dos libros, ‘Nuestro amor’ y ‘El niño de corazón’, pero fue, sin duda, ‘Las llaves de San Pedro’ el texto que generó mayor controversia ya que, al parecer, exponía las costumbres privadas del papa Pio XII gracias a su relación con miembros de la Curia.
Sin embargo, la exhibición de la marginación y la concepción más rigurosa de la literatura se conjugan en una figura clave de la narrativa gala. Inspirado en su propia vida, ligada al hampa y la prostitución y fuera de toda convención social, Jean Genet elabora una obra donde la redención siempre resulta un camino difícil y el amor ha de esquivar la sordidez o surge de su propio interior. Historias como ‘Santa María de las flores’, ‘Diario de un ladrón’ o ‘Querelle de Brest’ constituyen una suerte de autobiografía novelada o una ficción que hunde a menudo sus raíces en la peripecia personal.
Frente a esta concepción trágica de la vida, hallamos la visión hedonista de ‘La biblioteca de la piscina’ de Allan Hollinghurst, un sofisticado autor y reputado crítico literario que se integra generacionalmente en la narrativa británica de los años ochenta. El concepto lúdico del sexo y la búsqueda del placer como ‘leit motiv’ en el seno de la alta burguesía pivotan una obra que marca un nuevo periodo de libertad y realización personal.

La incidencia del sida

Pero la fiesta quedó empañada con la aparición del sida, convertida en un nuevo azote para los gays cuando las ancestrales barreras coercitivas comenzaban a desplomarse. La pandemia ha constituido un fértil territorio para la creación, pero quizás cabe destacar la aportación dramática de Hervé Guibert, relator de su propio dolor y del padecido por su amante, el filósofo Michael Foucault. A ese respecto, ‘Al amigo que no me salvó la vida’ es una memoria estremecedora de sus últimos días.
La enfermedad, pero también el amor y sus quebrantos desde la perspectiva cotidiana, el paso del tiempo, o la ambición maltrecha son algunos de los asuntos habituales en la producción de David Leavitt y Edmund White, dos autores estadounidenses reputados. Cuando resulta ya difícil hallar elementos para el escándalo, más allá de las ridículas alegaciones discriminatorias de grupos ultraconservadores, la provocación puede nacer en las propias filas. ‘Contacto’, ‘Cacheo’ y otras novelas de Dennis Cooper acuden a los ambientes underground’ y el sexo más radical para describir el otro lado de un supuesto paraíso de promiscuidad y placer fácil.
En la tierra de Truman Capote, Gore Vidal o TennesseeWilliams, dramaturgo responsable de ‘La gata sobre el tejado de zinc caliente’ o ‘De repente, el último verano’, manifestaciones de una homosexualidad ahogada, hallamos un inabarcable panorama de talentos que han abordado la diferencia erótica. El aliento lírico de Tom Spanbauer en ‘El hombre que se enamoró de la luna’ o ‘La ciudad de los cazadores tímidos’ aporta un sutil atractivo que suple la falta de un cuestionamiento más explícito.
Pero, quizás, ‘Confesiones de una máscara’, la obra capital de Yukio Mishima, recientemente reeditada, se constituye en el epítome perfecto de una corriente que define a buena parte de la comunidad actual. Aunque ambientada en la posguerra japonesa,la fascinación del protagonista por el concepto de hipermasculinidad, la belleza arrogante y agresiva que subyace en este modelo, anticipa un arquetipo de notoria presencia en el escenario gay contemporáneo. La represión ha dado paso a la autoafirmación sin ambages y la literatura está ahí para dar testimonio de los nuevos tiempos.

El verso diferente

«La mayoría de la poesía gay publicada hasta el momento en España ha sido más bien ambigua si no directamente oculta o en clave», lamenta Lawrence Schimel. «O eso o hay una especie de efebofilia y unas alabanzas de lo sublime que personalmente me aburre mucho».
El escritor ha publicado hace unos meses el poemario ‘Desayuno en la cama’, una reflexión en torno a la experiencia amorosa en todas sus fases y que, según su creador, es más narrativa que lírica, una condición que también halla en los versos de Alejandro Céspedes o Juan Antonio González Iglesias.
Alegórica o realista, la creación de los poetas homosexuales españoles es pareja o superior a la de otros universalmente reconocidos como Walt Whitman o Constantino Kavafis. La generación del 27 cuenta con la rebeldía de Luis Cernuda expresada en ‘Los placeres prohibidos’ y la gran figura de Federico García Lorca. El historiador Ian Gibson expone en ‘Lorca y el mundo gay’, estudio recientemente editado, una visión muy crítica del poeta, torturado por una visión moralizante que le animaba a buscar cierta homosexualidad pura en contraposición a aquella corrupta y perversa, o a asumir permanentemente el disimulo para no delatar su tendencia sexual.
Además de autores como Juan Goytisolo y TerenciMoix, la narrativa en lengua castellana cuenta con obras emblemáticas como ‘El beso de la mujer araña’ de Manuel Puig y el testimonio trágico de ‘Antes que anochezca’ de Reynaldo Arenas. Además, la homosexualidad prácticamente se convierte en el eje transversal de la producción, siempre satírica, de Eduardo Mendicutti.
Pero la creación poética siempre alcanza una presencia aún más sugerente, ya sea por su clave gay o la tendencia de grandes compositores, no necesariamente evocada en sus versos, aunque, a menudo, sugerida. Es el territorio de Juan Gil-Albert o Jaime Gil de Biedma, Vicente Aleixandre, Francisco Brines, Severo Sarduy, Leopoldo Alas y Luis Antonio de Villena, capaces de evocar el sentimiento y la pulsión desde la vanguardia, la evocación surrealista o el erotismo más explícito.

Fuente:Hoy.es
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