Thursday, July 02, 2009

 
El día después de la prueba


Miles de salvadoreños se sometieron el viernes a la prueba de VIH/sida. Unos fueron diagnosticados con el virus. Tras el asombro inicial, recibieron una consejería para aceptar que esta infección no es el fin del mundo, solo el inicio de una nueva vida.
Tener VIH, hoy en día, no es el fin del mundo. Hay tratamientos gratuitos. Se pueden trazar metas, sueños, vivir. De eso da fe Karla, una menuda morena de 32 años, que hace 13 años le anunciaron que su prueba de Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH) dio positivo.
Esta empleada envidia cómo hoy se informa y apoya a las personas que viven con VIH. “Antes no era así”, dice con énfasis, mientras inclina la cabeza y abre sus grandes ojos, maquillados con una sombra laté satinada.
Karla cuenta que el resultado de su prueba de VIH se lo estrellaron, de sopetón, en la puerta de su casa, un mes después de haber ido a un establecimiento de salud a consultar por la inflamación de un ganglio.
“La mujer ni siquiera entró a mi casa. Me dio la noticia en la puerta”, recuerda Karla, quien estaba embarazada de su primogénito, cuando tenía 19 años de edad.
“¡Ahora las cosas son distintas!”, espeta Karla, mientras alista sus delgados dedos para contar todos los beneficios que no pudo gozar cuando le entregaron su destino en un papel: hoy, las pruebas son gratuitas, si resultan positivas los hospitales y los médicos cuidan la confidencialidad y los pacientes pueden recibir soporte moral en los grupos de apoyo de los hospitales, en la calle ya se habla abiertamente del tema y hay organizaciones que trabajan contra la discriminación.
El VIH/sida ya no es una enfermedad mortal, no significa que de inmediato se va a morir. Hoy en día es otra enfermedad crónica más. Se puede vivir con esta infección. Quien habla es Guillermo Galván, un joven médico que regenta el programa estatal de atención para personas que adolecen de este virus o infecciones que se transmiten por contactos sexuales.
Esta infección aún no tiene cura, pero sí tratamiento que puede mejorar la calidad de vida de los pacientes, recalca el director del programa salvadoreño de VIH/sida.
Se estima que unos 22,000 salvadoreños se han infectado con este virus entre 1984 y 2008; solo una pequeña porción de los pacientes salvadoreños –unos 6,000– recibe terapia con retrovirales en la red pública, cuenta Galván.
Las autoridades sanitarias salvadoreñas aseguran que, en los últimos seis años, han visto una reducción del 40% en las cifras de mortalidad por este virus. En el año 2002, por ejemplo, se registraron 514 fallecimientos. El año pasado solo hubo 340 decesos. La baja es atribuida, según Galván, a los beneficios de los fármacos.
Anualmente, se estima que 2 millones de personas mueren de VIH/sida en el mundo. A diario muchos luchan por sortear los embates de las enfermedades. De lo que aún no logran librarse es de la discriminación.
“Mis hijos saben qué es el VIH y que deben cuidarse mucho para vivir con esta enfermedad y también deben cuidarse de la marginación”, cuenta Karla, quien ha usado juguetes para ilustrar el permanente combate en el que vive su sistema inmunológico y el de su primogénito con las enfermedades oportunistas.
Las didácticas explicaciones maternas no libran a esta familia de los comentarios a espalda y cuchicheos de los que son blanco entre vecinos y miembros de la comunidad educativa. Una vez, cuenta Karla, una vecina de su pasaje se rehusó a comer un alimento que había preparado. “Yo les digo a mis hijos que cuando vean esas actitudes en la gente, solo les digan: Que Dios le bendiga”, trae a cuenta esta madre de familia.
Pese a las campañas –que enfatizan que el sida no se pasa por besos, abrazos– la discriminación está al día, en la calle, incluso en los dominios de la muerte. En el cementerio de San Marcos, al sur de la capital, las víctimas del VIH/sida tienen su propia parcela. Muchos son sepultados, sin exequias ni cortejo fúnebre, tras haber sido abandonados por sus familias en alguno de los albergues que operan en el Gran San Salvador para personas infectadas.
El tratamiento farmacológico para las personas con VIH/sida es gratuito en la red pública. Al año, cada paciente puede recibir entre $500 a $1,500 en pastillas que mejoran su sistema de defensas, según el Ministerio de Salud.
Pero, afuera, en medio de los estigmas, las carencias económicas de los pacientes y la tardanza hospitalaria, estas tabletas se convierten en preciado botín en el mercado negro.
No es raro que algunas personas, tras resultar positivas a la prueba de VIH se nieguen a ir a un establecimiento de salud para evitar ser estigmatizadas y prefieran comprar los medicamentos a pacientes que ya están en tratamiento, cuenta una trabajadora de una organización sin fines de lucro que brinda apoyo a personas seropositivas.
Si vos tenés VIH y yo también, las pastillas que tomás a mí también me van a caer bien, entonces vendémelas. Esa es la lógica que prima en estos casos. Las recetas y los consejos médicos no cuentan.
Algunos pacientes caen en la tentación del comercio de medicamentos, porque a veces no tienen dinero ni para comer, muchos menos para pagar el bus que los lleve al hospital donde están bajo control médico, agrega la empleada.
Otras personas que viven con VIH, en cambio, son muy diligentes, especialmente las que viven en las zonas rurales. Cuando tienen cita médica en el hospital de San Miguel, por ejemplo, inician toda una peregrinación, un día antes. Duermen en el piso del centro médico, porque no tienen dinero para pagar la estancia. Otros piden posada entre amigos que también están bajo tratamiento médico.
Yo tengo un paciente, un agricultor de la zona rural, que viaja desde La Unión para pasar consulta en San Salvador, cuenta una doctora que brinda consulta a pacientes seropositivos en la red pública capitalina.
Este joven, de unos 30 años de edad, invierte unos $15 transporte (entre buses y pick up). Tarda al menos ocho horas solo en viajar, sin contar las horas que camina desde su casa hasta la carretera. A veces no tiene dinero ni para comer durante el trayecto. Pero es uno de los pacientes más disciplinados y cuidadosos, recalca.
“B”, en cambio, es una madre de 34 años que desde 1986 es portadora de VIH, es toda una leyenda. Vive en permanente estado febril a consecuencia de una otitis crónica y problemas con la tiroides. De ella se dice que es una desarraigada, que no tiene casa ni hogar, que su familia le quitó a su hija, que no tiene empleo. Unos dicen que se prostituye. Otros la acusan de vender los medicamentos que le prescriben –antimicóticos y antibióticos– para poder comer. Se dice que su nombre está vetado en las ventanillas de las farmacias públicas, porque descubrieron que pasaba consulta en varios establecimientos para recibir fármacos.
Galván, desde su despacho, dice que no conoce ningún caso de venta de medicamentos entre los pacientes del programa de VIH/sida. Enfatiza que las personas que reciben medicinas están bajo un estricto control.
Los establecimientos públicos de Salud en El Salvador están en la obligación de proveer asesoría psicológica, nutricional y social a los pacientes portadores del virus y aquellos que ya están en fase avanzada.
Hace 13 años, cuando a Karla le informaron que adolecía de esa mortífera enfermedad que se pronuncia con tres letras de corrido, no recibió ningún apoyo psicoterapéutico. Tras recibir el resultado clínico, ella solo sintió que le arrancaban de un tirón las páginas de la libreta de la vida y que debía empezar a arreglar todo para esperar a la muerte.
De aquel vertiginoso resultado, Karla no dio cuenta a su marido ni a su familia. De hecho, ni acudió al hospital, tal como se lo había recomendado aquella mensajera de uniforme blanco. “Si me voy a morir, ¿para qué voy a ir a pasar consulta?”, se dijo para sí, tras aquel amargo trance.
En la cabeza y en el corazón de aquella chica de 19 años se cruzó la idea de que esa fatídica noticia no era más que un error. Aquel resultado no era el de ella. Quizás habían confundido las pruebas, los papeles, cualquier cosa. Ese no era su diagnóstico. Con esa idea entre ceja y ceja se hizo al menos siete pruebas más. Todas dieron positivas.
La epidemia, en los últimos años, se ha feminizado. El número de mujeres con VIH/sida está creciendo, dice Galván, mientras sus ojos claros se pierden en el horizonte.
“Las mujeres no están exigiendo a sus parejas que usen preservativo”, agrega con resignación Karla, quien cree que tras este fenómeno hay un problema de dependencia económica y patrones culturales.
Las mujeres de las zonas rurales no se atreven a exigirles a sus maridos que usen condón durante las relaciones sexuales, porque se sienten subordinadas y sin solvencia económica para desafiar al poder de facto, reseña Karla. Estas mujeres temen que las acusen de promiscuas y las terminen lanzando a la calle.
El resultado positivo de la prueba de VIH hundió a Karla en una profunda negación de su condición médica. Cegada por esa idea, dio a luz a su primogénito. Como los médicos del hospital donde atendieron su parto no le dijeron nada, pensó que ya no tenía VIH y que su hijo estaba bien de salud.
A los cuatro meses, durante los controles del bebé, Karla fue conminada a informar a su marido de su condición médica. Si se rehusaba, personal de salud lo haría por ella. En medio de una gran angustia, aquella abnegada ama de casa le dio la noticia al marido.
“De algo nos vamos a morir”, fue lo único que salió de la boca del hombre de la familia. Tanta preocupación para nada, pensó para sus adentros aquella angustiada madre.
El esposo no quiso someterse a una prueba de VIH. Tres años después, la pareja tuvo un segundo bebé. Este fue sometido a tratamiento y se liberó el virus. No así el primogénito, quien está consciente de su condición de salud y ahora toma medicamentos para controlar su carga viral.
En el año 2003, Karla enviudó. La pérdida de la figura paterna sumió al primogénito en una depresión que bajó sus defensas que le provocaron diarreas, náuseas y pérdida del apetito. A los seis años de vida, el hijo mayor fue sometido a terapias farmacológicas de VIH que lo tumbaban por unos interminables mareos.
La nueva cabeza de familia también comenzó a desfilar en grupos de apoyo. “Solo llegaba a llorar”, recuerda. Luego, comprendió que debía tomar las riendas de su vida y la de sus hijos, que debía trazarse metas y sueños.
En ese renacimiento, Karla encontró trabajo y descubrió que como mujer tiene una fuerza vital interna y en sus manos hay poder. Sí, poder para cambiar su vida, la de sus hijos y la de otras personas que viven con VIH.
“Hace cinco años me propuse metas. Unas las he cumplido, otras están a medias, como terminar de estudiar y luego meterme a psicóloga –comenta la promotora de los derechos de las personas que viven con VIH o sida–. Tener VIH no significa la muerte, es una infección que puede dar a cualquiera, pero eso no libra de tomar un tratamiento y tener metas.”
“Vivir con VIH es seguir viviendo”

Fuente: La Prensa
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