Sunday, August 23, 2009

 
Yo nunca estuve en el armario


Cristina Peri Rossi, una de las poetas contemporáneas más importantes de Hispanoamérica, recibe a SOY en su casa de Barcelona y conversa sobre casi todos los temas que la preocupan y que han merecido su particular modo de pensar y nombrar. El exilio, la poesía y su rol en la sociedad, la relación de su ficción con el psicoanálisis, su identidad lesbiana y esa impronta en los poemas. Los primeros despertares en Montevideo, donde descubrió que las tres mujeres más lindas eran lesbianas, su desafiante manera de salir del armario con carteles improvisados en el cuarto de su casa, su teoría sobre la frigidez, los libros que la marcaron a fuego y los libros que nunca existieron. Nació en Montevideo en 1941 y vive en Barcelona desde 1972, año en que partió hacia el exilio. Estudió música, biología y también se graduó en literatura comparada. Es autora de ensayos, artículos, traducciones literarias –se destaca, entre otras, su traducción de la brasileña Clarice Lispector– de novelas, cuentos y de una admirada obra poética. Su último libro de poemas, Playstation, donde deja al descubierto la trastienda y las miserias del mercado cultural, mereció el año pasado el prestigioso premio Loewe, que por primera vez es otorgado a una mujer.

En tu libro de poemas Playstation llama la atención la elección de los temas, poco comunes en la poesía. Hablás de dinero, de trabajo, de derechos de autor, planteás cuestiones candentes acerca del estado de la literatura o, mejor dicho, del mercado literario actual. ¿Cómo surgió la idea de estos textos?

Antes de escribir Playstation me di cuenta de una cosa: había publicado cinco novelas, más de quinientos relatos, trece o catorce libros de poemas, dos mil artículos periodísticos y cuatro ensayos, pero jamás había abordado el tema del dinero. Pensé en las novelas de Balzac, de Dickens, de Proust, de Virginia Wolf: el dinero, su falta, su búsqueda, determina la acción, algunos diálogos... ¿Cómo era posible que yo jamás abordara ese tema, siendo, además, una mujer de izquierda? Sólo por mi infinito desprecio hacia él, un desprecio nada justificado, por otra parte. Entonces decidí que en Playstation iba a aparecer de alguna manera: desde su relación perversa con la literatura. A Balzac le pagaban por palabras; a nosotros nos pagan tarde, poco y mal, pero nos damos el lujo, a veces, de no hablar de él, como si el arte no tuviera nada que ver. Sí, tiene, y condiciona muchísimas veces los catálogos editoriales, de la misma manera que sabemos que existen negros (los que escriben las obras que firman los escritores famosos), los traductores mal pagados y los escritores mediáticos, que cobran hasta por ir a un cóctel.

¿Hay una deliberada intención de tocar temas prosaicos, reñidos con lo que se espera de “lo poético”?

Playstation no es prosaico: es un libro de poemas narrativo, pero no olvidemos que la poesía nació siendo épica, o sea, narrativa. La Ilíada es un poema épico, igual que Los Nibelungos, o el Poema del Cid. Sólo que mi libro es antiheroico, deliberadamente. No me gustan nada los triunfadores, ni siquiera en el fútbol. En cambio, la épica de lo cotidiano me parece una fuente de poesía. Y a mí me gusta escribir novelas muy líricas, como Solitario de amor, y libros de poemas muy narrativos, como éste. Pero sólo de manera excepcional. No sé si mis próximos libros de poemas serán narrativos; posiblemente alguno, pero ningún estilo me lo tomo como definitivo.

Según has dicho en otras entrevistas, este libro parte de una experiencia real, un anecdotario sobre escritores y situaciones e injusticias que has vivido en los últimos años. ¿Cómo se combinan realidad y ficción en tu literatura?

Si estamos hablando del conjunto de mi obra, novelas y relatos incluidos, hay mucha imaginación, ficción, creación de personajes, cambios de estilo, cambios del yo literario (a veces completamente ficticio); cuando especifico que Playstation parte de experiencias reales es porque efectivamente es un libro parcialmente autobiográfico (nadie puede escribir su vida entera). Hay muy poca imaginación, son experiencias reales, efectivamente: mi encuentro en un sex shop con un colega, profesor de filosofía, o mi estancia en el Hospital de San Pablo luego del accidente que sufrí. Pero en el buen sentido de que, si parto de experiencias y sentimientos reales, me tomo las libertades que van de la vida real a la literatura. No es una copia de la realidad; si lo fuera, dejaría de ser poesía. También digo que es un libro de poemas muy diferente de los otros, mucho más narrativo, más coloquial, más brutal, por su despojamiento, pero mis lectores y lectoras saben que suscribo aquel verso de Alejandra Pizarnik: “No hablo con mi voz/ hablo con mis voces”. Cada libro para mí es una mirada diferente desde el caleidoscopio y no me gusta anular los posibles ni tampoco estar sometida a ellos. En narrativa se puede apreciar con más facilidad; la poesía suele expresar de manera mucho más directa la emoción, el sentimiento, pero yo he escrito poemas con un yo masculino (por ejemplo, Estado de exilio) sólo para trabajar desde el imaginario colectivo. En general, cuando se habla de exiliado, se piensa en un hombre, no en una mujer.

Nunca guardaste tu opción sexual en un armario. ¿De qué modo creés que ha influido en tu literatura y en su difusión esa transparencia tuya?

Mi literatura y yo somos la misma cosa, de modo que no puedo separar mi obra de mi vida, aunque la relación no sea necesariamente mímesis, o copia. La imaginación, las fantasías, también son parte de la biografía de cada cual. Nunca estuve en el armario porque uno de mis principios es la autenticidad; el otro es la libertad. Sin libertad, no hay arte. Por supuesto, se paga un precio, pero también pagan precio quienes están en el armario: falsedad, hipocresía, soledad, mala conciencia, doble vida, paranoia. He luchado mucho para vivir fuera del armario, y he padecido discriminaciones, pero conservo algo intacto: el orgullo de no haberme traicionado nunca a mí misma.

Hablame de ese orgullo, de cuándo se gesta, cómo avanza.

Durante mi juventud y buena parte de la edad adulta, no estar en el armario me ocasionó muchos perjuicios, pero he luchado contra la discriminación. Hay homofobia incluso entre los homosexuales que no se aceptan a sí mismos o que lo hacen de mala gana. Creo que hay que sentir orgullo por ser quien se es, y si no se lo siente, a cambiar. Recuerdo que en mi casa de Montevideo, cuando tenía 25 años, colgué un gran cartel escrito por mí. Decía: “Yo no tengo prejuicio contra los heterosexuales, ni los discrimino”. Algún amigo o amiga que llegaba a casa haciendo como que no conocía mi opción sexual, como tú la llamas (en mi caso es una identidad, no una opción) miraba el cartel y sentía, de golpe, una cierta confusión iluminadora: de pronto, comprendía su estrechez mental. No ha sido nada fácil vivir, exiliarme, publicar desde ese lugar, fuera del armario, pero a mí las cosas fáciles no me interesan. No se aprende nada de ellas. Quienes no tienen el poder (es decir, los discriminados) necesitan saber mucho más que aquellos que tienen el poder. El poder no enseña: se impone.

En dos de tus novelas más emblemáticas, Solitario de amor y El amor es una droga dura, las relaciones de pasión que se plantean son heterosexuales. ¿Cómo y por qué elegís este tipo de relación amorosa para hacer literatura?

Sería una limitación absurda, una ignorancia imperdonable, si una opción sexual, musical, política, social o cualquier otra fuera, también, una limitación y una exclusión. Me encantaría leer una novela sobre el amor homosexual escrita por un autor o autora heterosexual. Además, estamos hablando de manera muy genérica; yo creo que los seres humanos somos todos bisexuales, hagamos o no uso de esta facultad. Por lo demás, cuando abordo un tema como la pasión, o el juego, creo que el sexo de los protagonistas es irrelevante: una obsesión amorosa, a grandes rasgos, tiene las mismas características en el siglo XIX que en el XX, y la puede sentir un hombre enamorado de otro, o de una mujer; lo importante es lo que siente, no por quién lo siente.

El amor, o la capacidad de amor, de algún modo borra las diferencias...

Me remito a Platón: “El amor es quien ama, no lo amado”. Y a Antonio Machado: “Nada dice acerca del amor la inexistencia de la amada”. A mí me interesa la pasión obsesiva, el delirio amoroso, y creo que se puede experimentar hacia una persona del mismo sexo o de diferente sexo, incluso hacia los animales o algunos objetos. Recientemente leí que un neoyorquino había asistido a todas las representaciones de una compañía de ballet durante más de veinticinco años, sin faltar nunca. Me pareció maravilloso: el hombre se vistió, se acicaló, y durante veinticinco años, cada noche, fue a ver a la misma compañía de ballet en Nueva York. La noticia no informaba si estaba enamorado de la compañía entera, de las noches de ballet, del teatro..., de una bailarina o de un bailarín. ¿A qué te recuerda esto? A mí, me recuerda a un relato de Cristina Peri Rossi.

En cambio, en tu poesía gran parte de las relaciones ocurren entre mujeres. ¿A qué atribuís esa diferencia respecto de tu narrativa?

La poesía suele ser mucho más testimonial; la poesía es el territorio de las emociones y de los sentimientos (también de la inteligencia y del humor, en mi caso), no hay ninguna necesidad de construir una ficción. De todos modos, insisto en que algunos de mis poemas son imaginarios, quiero decir: construyo un yo ficticio. El yo poético puede ser un sujeto tan imaginario como el narrativo.

Tu obra está notablemente influida por el psicoanálisis. ¿Qué es lo que hace que te intereses por esta disciplina?

El psicoanálisis es literatura: interpreta. ¿Y qué hace el escritor sino interpretar? Voy a recordar aquellos famosos versos de Baudelaire: “La Naturaleza es un templo divino/ y los hombres vagan en una selva de símbolos”. No me interesa el psicoanálisis como terapia (además, me parece una terapia cara, incierta e incomprobable, y en muchos casos, ni siquiera una terapia, sino una forma de poder en la que el paciente establece una relación peligrosamente transferencial, pero en una sola dirección. En cierto sentido, el psicoanálisis es un amor imposible) sino como literatura: elaborar símbolos, desentrañarlos, descubrir deseos ocultos, todo eso es literatura. Y quiero recordar que antes de que existieran los psicoanalistas los escritores eran llamados “ingenieros de alma”. Además, siempre cobran menos que los psicoanalistas.

Precisamente los psicoanalistas no han tenido, históricamente, una actitud del todo amable frente a la homosexualidad...

La concepción freudiana de la homosexualidad fue mucho más abierta y tolerante que la puesta en práctica por sus discípulos y descendientes. Hay que recordar que una mujer le dirigió una carta a Freud, diciéndole que su hijo tenía un serio problema. Freud le preguntó cuál era, y ella le respondió que la homosexualidad. Entonces Freud lo rechazó como paciente, y le dijo que eso no era un problema. Cuando el psicoanálisis se convirtió en una profesión, en un negocio, la homosexualidad fue considerada como una enfermedad, sin ningún fundamento más que la necesidad de ver enfermos por todas partes. Los psicoanalistas se pusieron al servicio del orden patriarcal, normativo. No podían luchar contra la sociedad, no podían decir que estaba enferma la sociedad heterosexual y patriarcal; entonces, optaron por decir que la enfermedad era la homosexualidad. Recordemos aquella monstruosidad freudiana de considerar que sólo el orgasmo vaginal autentificaba que una mujer era en realidad una mujer, y la voluntaria ablación del clítoris a la que se sometió una de sus discípulas, Marie Bonaparte, a fin de conseguir uno. (No sabemos si con esa mutilación lo consiguió.) Además, la teoría psiconanalítica ha sido casi siempre cosa de los hombres: papá Freud, papá Lacan: manera de sostener la sociedad heterosexual y patriarcal. Algunas psicoanalistas, como Karen Horney, discreparon muy pronto con la teoría freudiana, pero fueron consideradas herejes. No olvidemos que el psicoanálisis ha sido como una religión. No es nada casual que aquellos países que han evolucionado más rápidamente en cuanto a la aceptación de la homosexualidad sean países donde el psicoanálisis ha tenido muy poco peso.

Y las mujeres psicoanlaistas, ¿creés que marcan alguna diferencia?

El papel de las psicoanalistas es completamente ambiguo: suelen ser sumisas y ortodoxamente heterosexuales en su vida privada, sometidas al macho que les autentifica socialmente que son hembras, pero en la consulta son sádicas con las mujeres que intentan salirse de los roles convencionales. Su sumisión ante el hombre (su idealización de Freud, de Lacan) está compensada por su misoginia y su actitud fálica ante las pacientes. Tengo una serie de poemas inéditos que se llaman “Mi psicoanalista y yo” (no es autobiográfico, advierto) donde me divierto mucho y provoco la hilaridad acerca de la relación psicoanalista y su paciente, hombre o mujer, lo mismo da.

A menudo, cuando se habla de tu obra, se menciona que sos lesbiana. ¿Te sentís representante de un colectivo?

Cuando yo asumí mi homosexualidad, en la adolescencia, sufrí un sentimiento de exclusión muy grande; al buscar antecedentes, para afirmarme, sólo encontré uno: Safo de Lesbos. Bien, me dije: somos tres: mi novia, Safo y yo. Como no tengo ningún problema con las minorías, no me pareció del todo mal este triángulo. Era inútil buscar en la Historia Oficial mujeres que hubieran amado o sido amadas por otras; aquello era un desierto. Yo solía decir que no teníamos bibliografía. Claro que la había, pero estaba oculta. Gracias al feminismo, la homosexualidad empezó a tener tradición, historia, referentes.

A eso habría que sumarle los prejuicios en torno de la imagen de la lesbiana como indeseable.

Sí, el lesbianismo estaba lleno de prejuicios y fantasmas. El primero afirmaba que las mujeres lesbianas éramos feas, pobrecitas de nosotras, éramos lesbianas porque ningún hombre nos deseaba. Hice una comprobación maravillosa: cuando yo tenía 23 años, las tres jóvenes más hermosas de Montevideo (sin contarme a mí, eh) eran las lesbianas más guapas que yo había visto en mi vida. En cuanto a hombres que me deseaban, eran demasiados y casi todos torpes. También, debo decir, descubrí el discurso de Marcela, en Don Quijote. Cervantes pone en boca de ese personaje uno de los discursos feministas más sólidos, fundamentados y revolucionarios que he leído nunca. La bella Marcela no quiere saber nada de los hombres, renuncia a su fortuna y se va a vivir pobremente entre pastoras, porque no quiere ser esclava de ningún hombre. Descubrí que había mujeres hermosísimas que se amaban entre ellas, pero de manera oculta y clandestina, lo cual me parecía un desperdicio. Es cierto, algunas lesbianas no eran bellas, igual que muchísimas hétero. En cuanto a las tres jóvenes más guapas de Montevideo, lo siguen siendo, treinta años después.

El asunto de la sexualidad “incompleta” de las lesbianas es otro prejuicio que siempre ronda.

Bueno, sobre ese tema, hice otro descubrimiento fundamental: la frigidez, ese rasgo de la histeria, según los freudianos, no existía entre las lesbianas. Es decir: la frigidez no era una característica de ciertas mujeres, sino una consecuencia de la práctica de la heterosexualidad. Años después, una brillante psicoanalista argentina se desvió un poco de las teorías oficiales y publicó un análisis clarividente: El feminismo espontáneo de la histeria. Acabáramos. La frigidez es la forma del rechazo metafórico al machismo (también hay machismo gay, cómo no.)

No me has respondido sobre si te sentís un referente, un modelo a seguir.

Yo asumí mi homosexualidad –presunta patología, entonces– para no enfermarme de verdad, porque creo que la falta de autenticidad enferma, y padecí muchísima discriminación y el rechazo especialmente de los hombres, en cuya fantasías yo era o bien una rival o bien una pieza a derribar, seduciéndola, para mayor gloria de su propio falo. No me creía ni un ícono ni un símbolo. Sólo durante las luchas de los años del posfranquismo para obtener la igualdad comprendí que no estar en el armario o salir de él tenía un valor más que personal e individual, era un referente. Yo no me siento muy cómoda siendo un referente, pero me parece que las adolescentes de hoy ya no tienen que recurrir sólo a Safo para sentirse arropadas o comprendidas, empiezan a tener una bibliografía. Y confío en que las chicas de hoy, cuando asuman su lesbianismo, se sientan más libres y menos discriminadas. Mi granito de arena habrá contribuido.

¿Qué obras literarias de temática homosexual te parecen capitales?

Cuando se habla de literatura de temática homosexual (y te agradezco que especifiques “de temática”; hay una fuerte discriminación cuando se habla de narrativa homoerótica o de poesía homosexual; a nadie se le ocurre hablar de poesía heterosexual o narrativa heterosexual), a mí sólo me interesa si es buena o mala. Además, la vida privada de los escritores me da igual. No sé con quién mantenía relaciones Homero, pero hay versos de La Ilíada que cito a menudo, ni sé las preferencias amatorias de quien compuso El Cantar de los Cantares, y es uno de mis textos preferidos. No leo un libro por su temática; me importa qué dice y cómo lo dice, nada más. Y no tengo ninguna estantería separada, acá la temática gay, allá la no gay. No recuerdo haber leído un solo libro porque lo escribiera alguien homo u hétero. Además, si recordamos los salones literarios de La Amazona, en París, creo que sería difícil clasificar a aquellas mujeres de vidas apasionantes y hasta el límite. La mayoría eran bisexuales. Ahora bien, considero que El segundo sexo, de Simone de Beauvoir es el libro más importante, trascendente, completo y comprometido que se escribió hasta ahora acerca de la condición femenina. Lo leí a los dieciséis años y lo releo a menudo: no ha sido superado.

“Cada libro que se escribe se tarda toda la vida en escribirlo.” ¿Hay evolución de un libro a otro? Mirando hacia atrás, ¿en qué creés que ha cambiado tu percepción o tu concepción de la literatura?

No hay evolución, si se entiende por progreso. Hay cambios, incorporaciones, diálogo entre un libro y otro, contrapuntos, y especialmente, hay cambios de estilo. Me gusta ser a veces muy lírica, otras muy irónica, alegórica, simbólica y en otros casos descriptiva, narrativa. El deseo de un estilo propio, inconfundible, me parece una redundancia, una repetición que no aporta nada. Al final de su obra, Neruda era una caricatura de Neruda, y me hubiera gustado que alguna vez Kakfa hubiera escrito un libro nada kafkiano. Me gustan los escritores capaces de renunciar a la repetición, al camino seguro.

Fuente: Pagína/12
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