Saturday, January 16, 2010

 
Cuando no conviene ser gay en el trabajo



Gina Lollobrigida tenía una prueba infalible para detectar homosexuales: «Supe que Rock Hudson era gay cuando no se enamoró perdidamente de mí». Tenía una prueba pero no tenía abuela. Eran tiempos de fingimiento para no dañar la taquilla. Louis B. Mayer consiguió, llamándola a su blanco e intimidante despacho, que la mujer de Keenan Wynn, un secundario, se divorciara de éste para casarse con Van Johnson. Si la Metro casó a Johnson, la Universal casó a Hudson. ¿Tiempos pasados? No del todo. Parece que seguimos igual, al menos a tenor de las declaraciones en Madrid de Rupert Everett, que está convencido de que no hay más actores homosexuales reconocidos en Hollywood porque es malo para el negocio. Dice que se puede ser ejecutivo de estudio gay o incluso un actor mayor gay, como Ian McKellen (cuando ya no se es una amenaza como animal sexual). Pero no se puede ser un actor joven gay.
Quizá la excepción más notoria hoy esté en Neil Patrick Harris, que triunfa con su papel de Barney Stinson en «Cómo conocí a vuestra madre». Abiertamente gay, Neil Patrick Harris interpreta a un mujeriego en la serie. A un mujeriego compulsivo. Pero como se trata de una comedia, y de una comedia que gusta a hombres y mujeres (también jóvenes), no hay problema. E incluso lo llaman para presentar los Emmy.
Otro joven podría ser T.R. Knight, el George O'Malley de «Anatomía de Grey», aunque éste no sea una amenaza como persona, cosa o animal sexual. A Rupert Everett no lo han llamado para hacer de tiarrón en el cine quizá porque los que tenían que contratarlo pensaban que sería poco creíble (¿y por qué va a ser más creíble que un actor sea un asesino en serie o un poeta existencial que un heterosexual o un homosexual?). Sin olvidar su careto de los últimos años. Pero para poca credibilidad, la de George O'Malley acostándose con todas las buenorras de la serie hospitalaria (Meredith, Izzie y Callie). Pero no porque sea homosexual, claro, sino por la pinta de poca cosa que tiene (o que tenía). Además de ser un tío pesado.
Pero es verdad que no hay bradpits o yorsclunis que sean homosexuales de puertas abiertas, lo cual no deja de ser un sinsentido. Incluso considerados como símbolos sexuales, ¿qué más da si a los guapérrimos les gustan los hombres, las mujeres o los osos pandas? ¿Me va a gustar menos Cary Grant porque fuera más que amigo de Randolph Scott? Cuando la mayoría de la gente se muere por los huesos de una estrella y fantasea con él, qué más da que tenga la etiqueta de homosexual si en la cabeza de cada uno puede ser lo que quiera. En mi cabeza puedo poner a George Clooney a servirme el café. Lo pongo a hacer cualquier cosa. La mayoría de la gente sólo va a ver a sus ídolos en el cine, las revistas y sus pensamientos. Calenturientos o no.
¿Y qué pasa con las lesbianas? La ventaja es que a los hombres les encanta que las mujeres se manifiesten, al menos, bisexuales. Y a las mujeres les da igual. Ahí están los casos de las muy deseadas Angelina Jolie y la doña Nadie Megan Fox. A nadie le importa si a la vejez Meredith Baxter se confiesa lesbiana o si Jane Lynch, la actual diosa de la tele por su papel de Sue Sylvester en «Glee», es del mismo Lesbi. Además, siempre va en chándal. En cuanto a la carrera de Jodie Foster, anti chica boom, no parece que se haya resentido. Y Ellen DeGeneres nunca ha sido más popular (y Portia de Rossi es tan mona...). Pero me gusta más una reflexión que leí en «The New York Times» sobre la mayor tolerancia a la homosexualidad femenina: cuando se piensa en hombres se piensa en sexo anal y cuando se piensa en Ellen y Portia no se sabe qué hacen. Pero tiene razón Everett (y Charles Pierce). Es mejor ser negro que gay porque cuando uno es negro no hace falta confesárselo a tu madre. Y en la pantalla se ve.

Fuente:ABC
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