Saturday, February 27, 2010

 
La amante cubana de Greta Garbo


Una cubana de ascendencia santiaguera, nacida en Nueva York, fue amante de Greta Garbo. Lo fue asimismo de Marlene Dietrich e Isadora Duncan, dos de los nombres más sobresalientes en la larga lista de sus relaciones amorosas que extendieron sus tentáculos a lo largo y ancho del estrellato de Hollywood. Mostraba preferencia por las actrices y las escritoras. Podían ser jóvenes promesas o viejas glorias, como Pola Negri, la supuesta novia de Rodolfo Valentino. Fueron tormentosos sus amores con la actriz Eva Le Gallienne, la prometida de Basil Rathbone, que se hizo célebre por su interpretación de Sherlock Holmes, y sólo la bailarina rusa Tamara Plaronovna Karsavina siguió siendo su amiga una vez superada la pasión. Era, dicen las que la conocieron, de una personalidad arrolladora, celosa y posesiva; una mujer que nunca ocultó sus preferencias sexuales. “No puedes deshacerte de ella tan tranquilamente; ha tenido a dos de las mujeres más importantes de Estados Unidos: Greta Garbo y Marlene Dietrich”, escribía la famosa narradora norteamericana Gertrude Stein a su compatriota la escritora Anita Loos. Mercedes de Acosta incursionó como diseñadora en el mundo de la moda; publicó varios poemarios y alguna que otra novela, escribió para el cine y para el teatro… La fama literaria y artística y el éxito económico les fueron siempre esquivos. Triunfó en su vida privada. Se vanagloriaba de poder arrebatarle la mujer a cualquier hombre. Y lo conseguía. Era un don Juan a la inversa.
En un alarde de fina estrategia, con la Garbo se lanzó a fondo y por un camino inesperado en el momento en que las presentaron. Años antes, desde que la vio por primera vez en el vestíbulo de un hotel de Constantinopla, sintió que aquella mujer, de mirada distante y cuerpo de diosa, tenía que formar parte de su vida. No sabía quién era a ciencia cierta. La vio tan distinguida que la tomó por una princesa rusa exiliada, pero el recepcionista del establecimiento le aclaró que, aunque desconocía su nombre, se trataba de una actriz sueca. Días después se reencontraron en la calle y Mercedes volvió a sentirse turbada por aquellos ojos y no tuvo valor para abordarla.
“Me pesó tener que dejar Constantinopla sin haberle hablado, pero a veces el destino es más amable de lo que pensamos o quizás es que no podemos escapar a nuestro destino”, escribía Mercedes muchos años después de aquellos encuentros fortuitos, porque la suerte no demoraría en volver a ponerlas frente a frente. Ocurrió en 1931, recién llegada Mercedes a Hollywood para iniciar su trabajo como guionista de cine. Fue la actriz ucraniana Salka Viertel, confidente de la Garbo y guionista de algunas de sus películas, la que insistió para que la sueca la conociera y terminó presentándolas.
“Cuando nos dimos la mano y me sonrió sentí que la había conocido toda mi vida; de hecho, en muchas encarnaciones previas”, escribió. La presentación no daba posibilidades para mucho más, pero fue suficiente para que Mercedes tuviera un detalle con la Garbo que uniría a ambas mujeres durante tres décadas. Hizo la actriz un comentario sobre el hermoso brazalete que lucía la escritora. Mercedes no demoró su respuesta. Se lo sacó y lo extendió a la Garbo. Le dijo: Lo compré en Berlín para ti.

Aquí yace el corazón

Esa historia la contó Mercedes de Acosta en sus memorias. Las publicó en Nueva York, en 1960, con el título de Aquí yace el corazón. Un libro relativamente aséptico, pero apoyado en hechos, que tuvo como consecuencia que muchas famosas, deseosas de mantener en secreto sus preferencias sexuales, le retiraran la amistad. Eva Le Gallienne, en particular, se puso tan furiosa que destruyó todo lo que conservaba como recuerdo de su antiguo idilio. La Garbo fue menos explosiva, pero le dijo con todas sus letras que no quería volver a hablarle nunca. No faltaron los que acusaron a la autora de mentirosa y se comentó que había inventado esas historias para conseguir la fama. Los especialistas, sin embargo, no comparten esas opiniones pues muchos de los amoríos narrados se confirman en cartas privadas y no pocos de ellos fueron en su momento la comidilla de todos en Hollywood, si bien las productoras cinematográficas evitaron que llegaran a la prensa para no perjudicar la reputación y la carrera de actores y actrices. Solo de Greta Garbo, Mercedes de Acosta donó a un museo de Filadelfia unas 55 cartas, con la exigencia de que no se publicaran hasta pasados diez años de la muerte de la actriz.
Esas cartas, para decepción de los que gustan hurgar en sábanas sucias y más si son de mujeres, dicen menos de lo que se esperaba. Aunque la Garbo llama a Mercedes “Cariño”, “Pequeña”, “Querido Muchacho”, “Querido/a Señor/a”… faltan los detalles explícitos de una relación amorosa, como si la actriz, esquiva hasta la posteridad, estuviese calculando, dice su biógrafa Karen Swenson, como proteger su intimidad aún después de muerta. Discreta es también Mercedes de Acosta en su Aquí yace el corazón. No son pocos los que afirman que Greta fue el gran amor de su vida. Pero parece extraño que la actriz compartiese ese sentimiento con igual intensidad. Pasaban semanas de vacaciones aisladas en parajes remotos de la Sierra Nevada, que eran seguidas por largos periodos en los que apenas había trato entre ellas y en los que la Garbo negaba incluso que la conociera. Fue aquella una relación que la sueca controló a su antojo, y todo transcurrió en ella bajo su voluntad. Mercedes y Salka, por otra parte, no demorarían en convertirse en rivales, tanto por el corazón de la actriz como por el privilegio de escribir sus guiones. A comienzos de la década del 40, Salka gana la batalla. Mercedes sale del juego y se va a vivir a Nueva York. Allá le escribirá la Garbo. Pero solo para confiarle algunas tareas, como la de encargarle unas chinelas o un tinte determinado. Fuego hubo y cenizas quedaron. Mercedes se va a vivir a París y tiene una nueva novia, Poppy Kirk. Con discreción y tacto, la Garbo le reprocha entonces al “Querido Muchacho” el nuevo romance.
Salka Viertel, que eran también, en asuntos amorosos, una estratega de altura, había hecho una jugada maestra: puso a Mercedes en contacto con Marlene Dietrich. Marlene y Greta se conocieron en Alemania, en 1925, cuando - eran los comienzos de sus carreras- asumieron papeles secundarios en La calle sin alegría, película del director G. W. Pabst, sobre la prostitución en Viena durante la primera posguerra. En la cinta, la Garbo, desfallecida por el hambre, cae en los brazos de Marlene, que la acaricia de tal manera que la escena fue suprimida en las copias destinadas a la distribución comercial de la película. Semanas después ambas mujeres vivían un tórrido romance en la capital alemana.
La sueca se fue a residir y a trabajar a Hollywood y cuando a Marlene se le presentó la misma oportunidad, ambas negaron conocerse de antes y apenas se trataron, evitando que se descubriera su pasado. El silencio hizo crisis cuando el famoso escritor Erich María Remarque, el autor de Sin novedad en el frente, que sostenía una relación tempestuosa con Marlene, se enredó con la Garbo. Marlene se enteró del desliz, estalló en cólera y, presa de los celos, llamó a la sueca arrogante, egoísta y mujer poco fiable, lo que ahondó más el abismo que las separaba.
La relación de Mercedes con Marlene no gustó nada a la Garbo. A 1944 corresponde el último poema de amor que la escritora le dedicara, aunque se dice que vivió enamorada de ella hasta el último día de su vida, en 1968.

Quiero estar sola

Mercedes de Acosta nació el 1ro de marzo de 1893. Su padre, a quien ella llamaba El Soldado, tuvo que salir de Cuba a causa de sus simpatías por la independencia. Por parte de madre estaba emparentada con la casa ducal española de los Alba. Pasó su infancia en una casa enorme, en la zona más aristocrática de Nueva York, cerca de la de Teddy Roosevelt y al lado de la del embajador británico. Una casa llena de libros donde, en un ambiente romántico, convivió con hacendados millonarios, tíos retorcidos y parientes arruinados. Era la suya una familia proclive a la depresión y el suicidio. El Soldado terminaría privándose de la vida y su muerte fue todo un trauma para la niña, mientras que la madre, decepcionada porque en el nacimiento de Mercedes esperaba a un varón, insistió en vestirla y tratarla como tal y le dio el nombre de Rafael. En una ocasión, un vecinito la llamó “mujercita” y Mercedes sufrió un nuevo trauma al constatar su verdadera condición. Recapacitó su madre entonces y volvió a llamarla por su nombre.
Conoció a la reina María de Rumania, al escritor francés Anatole France, al escultor Rodin… El compositor Igor Stravinsky fue su amigo íntimo. Una de sus hermanas llegaría a ser una importante modelo. Tenía Mercedes talento para la actuación, pero no se inclinaría hacia la escena.
Una muchacha de su condición social necesitaba contraer matrimonio. A su madre, preocupada ya tanto por la soltería de la hija como por el dinero que se le esfumaba, pensó que el pintor Abram Poole, guapo, rico, famoso y mimado por sus cuatro hermanas, sería un buen partido. A Mercedes no le desagradó, pero se apresuró a dejar en claro que el matrimonio no cambiaría su modo de vida y sus predilecciones, de las que Poole era consciente. Se casó vestida de gris y pasó la noche de bodas en la casa materna, abrazada a su madre. Se divorciarían en 1935, tras quince años de matrimonio, cuando la relación de Mercedes con Greta Garbo estaba en su clímax.
Ansiaba Mercedes escribir guiones. Alguien la recomendó y la productora KRO la contrató para que acometiese el libreto de una película de Pola Negri. Hollywood llamaba a su puerta y la oferta de trabajo la acercaba a Greta Garbo. El comentario de que la sueca no era lesbiana, pero podía serlo, le hizo suponer que no lo era porque otras habían fallado. Ella no fallaría. Lo conseguiría si la Garbo le dejaba poner un pie en su puerta. Existía un inconveniente: Salka Viertel era la guardiana de esa puerta.
Mercedes de Acosta murió en Nueva York, ignorada y pobre. La sueca la sobrevivió largamente. En sus diez y seis años en Hollywood, Greta Garbo filmó 24 películas, catorce de ellas rodadas con sonido. Nunca firmó autógrafos, asistió a estrenos ni respondió las cartas de sus admiradores, costumbres que mantuvo luego de su temprano retiro en 1942, a los 36 años de edad. Su frase “Quiero estar sola” la identificó como una marca de fábrica; aislamiento que no le impidió ser una inversionista audaz, capaz de multiplicar con creces su capital, cifrado en el momento de su muerte, a los 84 años, en 285 millones de dólares, y que legó a una sobrina como única heredera.
Durante sus últimos años, que pasó en París, sus salidas se limitaban al parque de Luxemburgo. Se entretenía dando de comer a las palomas y viendo jugar a los niños. Nunca permitió que la fotografiaran para que sus admiradores no advirtieran el proceso de la vejez que le deterioraba el rostro enigmático que fascinó a una época.

Fuente:Rompiendo el silencio
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